Héctor Zamora

Bar Las Divas (sustracción/adición)

Bar Las Divas (sustracción/adición)

 

Title: Subtraction / Addition – Bar las divas
Year: 2007
Dimensions: Variable
Technique: Construction of a temporary space
Exhibition: Hospitality vs Hostility - MDE07
Place: Medellín - Colombia


Aunque no es borracho
Sabe que no se puede explicar un bar.

Este es el relato de una obra de arte que al mismo tiempo fue cantina. El nombre Las divas, de tan auténtica raigambre cantinera, era un apodo, pues como obra artística se llamó Sustracción-adición. Más que nombre un concepto casi repelente y demasiado original para un lugar donde se venderían bebidas alcohólicas. La cantina era uno de los tres capítulos de Sustracción-adición. Cuando doña Marina, el personaje principal de la obra-bar, propuso Las divas, sustraído de su vieja idea de montar un salón de belleza manejado por prostitutas, Héctor Zamora, el artista méxicano, se olvidó del que tenía preparado: El barril, pues imaginaba una cantina redonda, y cedió su originalidad a la precisión, se diría natural, de doña Marina.

Cuando visité esta cantina ya sabía que era una obra presentada al encuentro de artistas MDE07. Cuando quise escribir sobre ella creí que simplemente se trataba de escribir sobre un bar. Acudiría a Malcom Lowry que entendió al alcohol o a Vincent Van Gogh que en su cuadro Café nocturno quiso “expresar algo así como la potencia de las tinieblas de un matadero. Y sin embargo, bajo una apariencia de alegría japonesa y la bondad del Tartarín”, tal vez obtendría la crónica lírica de esta cantina que sería efímera, apenas duraría el mes de junio, pero con la primera pregunta que hice supe que no era posible hablar solamente de un bar, pues la obra, que según su autor no tenía derecho ni revés, tenía en cambio o proponía, tres caras distintas. No había revés artístico, pues, ¿Cuál es el revés del Guernica? , pero había un detrás y es allí donde veremos estas caras, cada una, en sí misma, una obra de arte.

La noche del miércoles 13 de junio yo no sabía nada de esto, sólo que aquello era y no era una cantina, algo por sí mismo capaz de emborrachar. Un real realismo en el que uno, al entrar, tomar asiento y pedir una cerveza, podía sentirse personaje de la obra, contenido semántico. Esa noche, sobre las calles mojadas del Centro, fosforecían luces diversas, listas para acentuar cualquier irrealidad. Crucé la Plaza de las Esculturas en diagonal hacia la iglesia de La Veracruz. A pesar del frío y de la noche lluviosa había mucha gente y actividad. La placita de la Veracruz es un remolino urbano cargado de prostitución, gamines, rateros, borrachos, gente que circula en medio del Museo y de la iglesia, como otorgada de un permiso especial.

La prostituta estaba sentaba sobre el primer peldaño de una escala, de la misma manera que un hombre con las piernas muy abiertas. Su bata, como es de esperarse, muy corta, se recogía sobre las piernas hasta el nivel del calzón. Al pasar frente a ella la miré. Era vieja y abultada y para esta noche lucía un gesto de hastío que bastaría para situarla lejos de cualquier acto de placer. A su lado, otra mujer, pero de pie, “De tacón en la pared” como en el libro de Adriana Mejía. Después, un hombre de esos que figuran “sin oficio conocido” aunque estaba allí precisamente ejerciéndolo. A menos de 50 centímetros, los hombros apoyados sobre la pared y las caras muy cercanas, dos mujeres conversaban amainadas por la llovizna. Había más mujeres en actitud de mientras tanto, algunas adolescentes, más hombres, un vendedor con su canastilla de dulces, cigarros y café.

Crucé por el frente de ellos, doble la esquina donde se recostaban y vi al fondo, a unos treinta metros, la luz incitante de Las divas. Era un bar crecido en la puerta del antiguo Museo de Antioquia, agregado hacia adentro del edificio como un órgano interno que se le hubiera olvidado al constructor. A pocos metros, la casa cural, como a toda hora, cerrada y el busto excesivamente adolorido de un prócer a quien, según un antiguo cronista, le fue mejor en la batalla en que perdió la vida.

En teoría, las divas debía servir para todo lo que sirve un bar: confundir amigablemente el tiempo, proporcionar cantidad diaria de soluciones, esperanzas y problemas. No llegué allí para probar nada de esto, iba para ver una obra de arte. Seis parroquianos ocupaban tres de las cuatro mesas. Una pareja que “cuadraba un rato”. Dos hombres que empujaban conversa “embellecidos” por el alcohol y otros dos, tipo universitario que escuchaban a doña Marina mientras les contaba la historia del bar más fascinada que ellos. Era un sitio estrecho y cálido igual que una cantinita de pueblo. Luces de cien vatios reventaban sobre el saloncito rojo. Nada oculto o atardecido como gusta o conviene a prostitutas y artistas que eran los clientes esperados. Ellas, porque habían conquistado este territorio en su exilio urbano cuando las echaron de Guayaquil; ellos, naturalmente próximos al Museo y al MDE07.

Al principio el artista sólo quería irrumpir en un edificio institucional. “Sustraerle” un espacio y “adicionarlo al espacio público exterior”, sin embargo, no sabía dónde ni cómo ni qué hacer ahí. Pero ocho días después de estar en Medellín, invitado por el MDE07, para que estudiara su propuesta, supo lo que quería: incrustar un bar en el Museo. Un bar era exacto porque es en bares donde la gente del sector más se demora y más convive. Cumplidos los trámites que le permitirían intervenir tan drásticamente el venerable edificio, debía resolver otro problema: ¿quién se encargaría del bar? No era poca la responsabilidad y el no podía asumirla. En este punto al artista se le apareció la virgen. Era una señora morena, de corpulencia excesiva de la cintura para abajo, que antes defendió con su cuerpo, la vida de sus hijos y la suya, en este mismo sector de La Veracruz, pero que ahora pertenece al equipo de vigilancia del Museo de Antioquia y dirige la corporación Rescatando Valores que trabaja con prostitutas y gente de la calle.

Doña Marina aceptó el desafío y lo encaró de tal forma que al artista, después de hablar con ella, sólo le quedó trazar la pared que sería el bar. El resto, todo lo que el visitante veía ahí se le debe a ella. El capital inicial, el paisaje marino rosa y ocre de las paredes, la barra, la nevera con tapas de vidrio, las mesas, las luces intrusas, la música del Charrito Negro y de Darío Gómez capaces de dirigir las voces en el bar. Mandó dibujar en la pared del orinal una rubia de minifalda, la mirada aplicada sobre la boca del orinal y la llamó la Mirona. Tuvo tanto éxito esta mirada oblicua, fija y calculada, que ya empezó a tramitar los derechos de autor. Doña Marina, con su saber común y silvestre, maduró para esta obra, como una impecable curadora, todo el carácter relacional y de hospitalidad que son los ejes del MDEO7. Todo ese ambiente de bar que lucha intensamente por constituirse en un bar en tan poco tiempo, y con tanto concepto a cuestas, lo maduró ella.

Aquel miércoles, Mientras Yamile, su hija, atendía en la barra, ella hablaba del proyecto con tal entusiasmo que costaba creer que no fuera la artista. También costaba creer que Las divas fuera obra de arte siendo tan rotundamente un bar. Sin embargo, una vez dentro y aun sin ceder los derechos de duda, los visitantes éramos la narración de la obra, verdaderos personajes. Algunos ignoraban el origen y las derivas del bar. Cuando no lo vean ahí pensarán en un bar que “no pegó”. Era difícil reconocer la doble realidad servida con la cerveza o el aguardiente del lugar y no se trataba de alcohol o borrachera, sino del cambio y acopio de señales que se daba entre la cantina con su fondo de Museo y la zona de “tolerancia” de alrededor. El afuera del Museo naturalizaba la presencia del bar y el bar, al mismo tiempo, y aunque temporalmente, redefinía al Museo con todo y su callejón y su prosapia. Cuando salí de allí, no podía saber si el barcito salía del Museo o entraba de la calle.

Las divas terminaba ahí mismo en esa pared redonda que no ocultaba nada, en el parlamento de doña Marina, en la intención de la Mirona, en las botellas de aguardiente, en las sillas y mesas rojas, pero la obra continuaba por detrás, es decir, por dentro del Museo, y continuaba al menos en dos formas diferentes. Como una invasión en la oficina coordinadora del Encuentro y como una instalación en el salón contiguo. Ambas, según el canon del arte contemporáneo: obras de arte.

La irrupción en la oficina era la “peor” parte de la obra, una barriga de adobes sin revocar, disciplinados por el cemento y sin ninguna gracia que no fuera la que buenamente uno le quisiera otorgar. Sólo ver como los pegaban uno tras otro pudo resultar más agobiante que ver el muro ya terminado. Irrumpió en la oficina, ya agobiada y caótica por la turbulencia que producen 20.000 asuntos resueltos en un mismo momento y lugar. En las junturas de adobes los rebordes de mezcla sin reditar parecían babas sólidas. Los veinte entusiastas que coordinaban el Encuentro con el apoyo de un dinosaurio de plástico que no faltó en la sala a manera de mascota tutelar, aguantaron el muro que los estrechó en sus mesas y dañó computadores y pulmones con el polvillo de los materiales. Para algunos era una incomodidad amistosa, pero otros no lo quisieron, pues, “por más obra que fuera” y aunque estuviera ahí como prueba de hospitalidad, era como si todo aquello que deambula día a día frente al Museo y a la iglesia, hubiera aparecido en las blancas oficinas mostrando el culo y todas sus cicatrices sin pulir. Un mundo de “vidas baratas”, que, al otro lado, recibía la parte “mejor”, el rostro incitante, expansivo de la obra: la cantina

En la sala contigua se exhibía la tercera cara o forma u obra de esta obra: el organismo interior de Las divas: las tuberías a la vista del lavaplatos y del orinal donde se entretenía la Mirona. El agua transportada por dentro de los tubos, en el salón oscurecido a propósito, producía un sonido que llamaría biológico y que era presencia y estilo del autor. En el mismo salón varios videos repetían, sin parar, el proceso de construcción de la pared, su pasado, que viene a ser otro organismo interno.

Esta cara contenía los datos artísticos de la obra, una obra del arte contemporáneo a la que el artista llamó intervención y los curadores y asistentes: arte relacional, zona de activación, escultura, instalación y hasta obra de teatro y reality.

Su realidad era tanta que aun efímero y estrecho no careció de historias nacidas de la anecdótica bebida o de su de ambigua realidad. El 18 de junio un hombre llegó a la una de la tarde con un amigo, invitó a prostitutas del entorno zumbón, pagó cuentas ajenas, mando traer comida cuando tuvo hambre, “todo sin irrespetar a nadie” y se marchó a las once de la noche, después de pagar 300 mil pesos y más borracho que Noé. Otro día estuvo allí, el ex presidente Gaviria, precedido de guardaespaldas, todo le pareció muy interesante, así que le dijo a doña Marina: “Cuente conmigo”. La junta directiva de un banco “muy importante” husmeó por allí, la señora más encopetada del grupo le preguntó a doña Marina “¿Qué hay que hacer para vincularse a su proyecto?”. El 12 de junio hubo un banquete de frutas para gamines y prostitutas. El día 24 no se le vendió licor a un par de mujeres “que más debían estar atendiendo a sus bebes”, y todo esto sucedió claramente ahí en el barcito recogido, amistoso y reventado de luz, donde mismo empezaba y terminaba.

Cuando doña Marina intuyó que el bar podía seguir vigente después de cumplir con su efímero destino de obra de arte, empezó a poner ideas aquí y allá, a estimular el ánimo de mandamases invisibles a los que veía en el aire y hablaba, delante de mí, convenciéndolos de extender la vida de Las divas. Cuando fue el 27 de junio, ya sabía que estaría abierta una semana más, pero finalmente debía cerrar el 9 de julio. Así fue. Esa noche doña Marina compró una torta de 15.000 pesos y destinó lo que quedaba de aguardiente, cerveza, ron, gaseosas y cigarrillos para regalar. Primero llegaron organizadores del MDE07 y después enjambre de prostitutas y gente nocturna del sector. Todos bebieron, fumaron o comieron algo de aquellos restos de bar. Los últimos, felices de juventud ebria, bailaron el regeton más lascivo. Levantaban los brazos y los enredaban en el confeti que pendía de la puerta. Una chica silvestre y hermosa, olorosa a perfume de promoción, 16 años en derroche, los ojos amarrados, la mirada derivada desde el punto espeso del pegante, le decía a la “dueña” de Las divas: Má… Má… no se vaya.

Doña Marina estaba feliz, su verdadera intención no terminaba ahí, pues pretende que Las divas abra en otra parte y no cierre más y se convierta en un bar que para siempre llevará encima su origen y alcurnia proveniente del encuentro entre el arte y la prostitución. Sería una compensación, pues por la cantidad de arte que ha salido de los bares, es justo que un poco de arte se junte para intentar crear una cantina. Estos días de julio doña Marina está en el hervor de su sueño y cuando uno le pregunta que ideas tiene para ese bar, ella empieza a nombrar artistas “de mucho renombre, uff…” que ya le prometieron una obra, una que se pueda volver plata. “Con eso la comienzó, uff” decía y se mordía la lengua en un gesto satisfecho. Ya sabe como invertirá las ganancias en un hogar de paso para prostitutas enfermas, ya sabe donde estarán las luces, que colores llevará la pared, como agradecerá a los artistas donantes, cuantas chicas trabajarán allí, pero todavía no sabe si será cierto.

Julio, 2007

Carlos Sánchez Ocampo

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